| | ano 1 | edição 1 | florianópolis, 5 de março de 2008 | | ||||||||||||||||||||
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Dulces sueños Victoria Eusebia Cabezas López Santiago Lo veía caer y su rostro aunque iba disminuyendo, según el cuerpo bajaba, seguía con aquellos ojos estupefactos fijados en los míos, el grito en mi garganta, un apretón en el pecho, el corazón latiendo furiosamente y yo me desperté sudando y con los ojos llenos de lágrimas. Estaba despierta y sin embargo no conseguía atinar con la realidad, ¿aquello había sido sólo un sueño o de hecho yo lo había vivido y lo estaba soñando? El corazón seguía latiendo fuerte mientras mi cerebro buscaba desesperadamente organizar las ideas y encontrar la realidad. Me levanté de un salto y corrí hacia la habitación del niño, me detuve en la puerta y de a poco la oscuridad se fue haciendo sombras y entre ellas conseguí distinguir a mi hijo durmiendo placidamente en su cama. Todo no había pasado de una pesadilla. Sin embargo el sueño me molestó mucho y peor aún fue que empezó a repetirse casi que a diario. Siempre soñaba lo mismo y lo más terrible era que invariablemente la pesadilla terminaba con la mirada de espanto de mi hijo y yo con las manos extendidas para el vacío que se abría ente los dos. El niño ya se había hecho un hombre, estaba graduado en una buena universidad, siguiendo carrera, vivía en otra casa al lado de su mujer y un niño precioso, mientras tanto yo, su madre, seguía con el mismo sueño, y el que yo veía siempre caer seguía siendo al niño de cinco años. A veces quedaba tan atrapada en ese ensueño que me costaba mucho volver a la realidad y una vez más iba con lo ojos llenos de lágrimas hasta el dormitorio al lado para buscarlo en la oscuridad. Pero ahora ya no vivía más conmigo y el hecho de no encontrarlo hacía con que tardará más a salir de aquel estado de sopor y desesperación. Busqué ayuda de sicólogos, médicos clínicos y espiritualista, interpretes de sueños, magos y otros sortilegios, y aunque me daban muchas explicaciones nadie conseguía impedir que aquel sueño siguiera como un disco rayado repitiéndose en mis noches. La alegría que sentía por tener aquella familia tan armoniosa y perfecta se perdía en el pánico que me brindaban mis pesadillas todas las noches. La repetición del sueño tampoco minimizaba el choque de la escena y noche tras noche, yo despertaba empapada en sudor y con el pecho apretado por terrible angustia. Un día una amiga y confidente me dijo que sabía de un lugar, en un pueblo vecino, donde algunas personas muy fiables le habían garantizado que había una especie de bruja que poseía rezos y hechizos capaces de solucionar cualquier problema. Y caso yo quisiera, ella podría marcar una cita para que me encontrara con esa mujer. Ni siquiera pensé en no ir, tanto era lo que deseaba librarme de aquel pavoroso sueño. Sin titubear un segundo, el día acordado para la cita me dirigí hacia la dirección que me había dado esa amiga. Eran más o menos las cinco de la tarde cuando llamé a la puerta de una casita blanca muy humilde. Llena de expectativa vi cuando la puerta se abrió y una mujer alrededor de los 50 me vino a recibir con una sonrisa seductora en los labios y me condujo al interior de su hogar. La casa era muy simple, limpia y acogedora. Nos sentamos las dos, una delante de la otra, en una mesita que había en la cocina y allí, mientras yo tomaba un café que Amaya, así se llamaba, me había ofrecido, le conté la causa de mi presencia. Ella me miró muy sería y al cabo de algunos minutos de expectante silencio me respondió que podía ayudarme si era lo que yo deseaba de verdad, pero que todo en la vida tenía alguna razón de ser, y que a lo mejor aquellos sueños estarían obedeciendo a alguna ley del universo. Le respondí que no me importaba, y que no podía más seguir viviendo de aquella manera, que estaba dispuesta a todo para terminar con la pesadilla. Ella me puso una piedra de ónix negro y un papel que contenía una oración en las manos y me explicó que yo debería poner la piedra debajo de la almohada y rezar durante siete noches seguidas antes de dormir. Que a final de la séptima noche mis pesadillas se transformarían, fatalmente, en dulces sueños. Hoy es la séptima noche, el ónix negro sigue debajo de mi almohada, rezo una vez más aquella extraña reza y me acuesto para dormir. Duermo y lo veo en mis sueños, hombre hecho, graduándose en una buena universidad, casándose con aquella chica tan dulce y pocos años después con un niño precioso en brazos, yo sonrío y todo es perfecto, muy bueno y muy dulce. Por la mañana, me despierto muy serena y al abrir los ojos no consigo reconocer mi habitación, nada está en el sitio que yo me acordaba. ¿Cómo?, ¿qué pasó?, ¿dónde estoy? Poco a poco consigo retomar la conciencia. Sí, que estoy en mi cuarto. Yo vivo sola y soy viuda, pues mi marido ya se ha muerto hace años. Él se murió de disgusto, un año después que mi niño de cinco años se mató al caerse de la ventana de su cuarto, en el décimo tercer piso del edificio en que vivíamos, mientras yo me quedaba con un grito atrapado en la garganta y los brazos extendidos intentando agarrarlo en su vuelo mortal. A autora Victoria Eusebia Cabezas López Santiago, espanhola, graduada em português e no 8º período da graduação de espanhol pela universidade Federal de Minas Gerais, cursa pós-graduação em espanhol pela Universidade Católica de Minas Gerais. Residência atual: Belo Horizonte, MG, Brasil. Contato: zepolopez@terra.com.br. |
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